EDEN siempre fue la versión de mí con arte para la música. En sus canciones se alojan mis emociones como quien anda por su casa. Por eso no es casualidad que estar escuchándole me haya forzado a precipitarme hoy aquí, como el diluvio que nadie espera y que nadie quiere, ni siquiera yo.
En el "oh well" más profundo que me ha tocado experimentar, me lo jugué todo como quien lanza una moneda. Se me acabaron los corazones en el juego del amor y perdí la partida.Yo que pretendía alardear de no lamerme en demasía las heridas acabé cumpliendo mis palabras traicionándolas, lamiendo impulsivamente hasta quedarme sin saliva y es sólo por eso que ahora alguna cicatriza. Yo que por lo que más valoro habría desafiado a la gravedad misma, que habría dibujado piropos en las nubes y habría creado un reino como atrezzo para el trono de la reina de corazones, sólo he acabado descubriendo al conejo metiéndose rayas en el baño por su no cumpleaños, con el agujero en obras y el reloj de Apple en la muñeca. Oh, querida muñeca, en este mundo Don Quijote mataría a Dulcinea.
Pero a pesar de la ilusión del qué pudo ser y el fomo que lo acompaña, sigo viviendo en medio de una batalla de un único individuo. Dos no construyen si uno no quiere, y en un mundo en el que toda esperanza fue derrumbada, no tengo intención de reconstruir mi próxima chabola a partir de esos escombros. Ninguna maravilla ni monumento puede sostenerse sobre promesas incumplidas, ilusiones huecas ni palabras vacías. Aferrarse a los cimientos cuando se caen sólo facilita el colapso.
Regodeándome en los últimos estertores de la autocompasión, derrochándola como quien cobra su primer sueldo, sabiendo que tengo las horas contadas para seguir cebando a las penas antes de tener que levantarme y ponerme a abrir camino. Con la pereza ronroneando en mi regazo y la tristeza esperando desnuda en la cama, me quedo matando el tiempo en el salón a ver si le despierto el ánimo de venganza. Hoy ni la comida ni las muestras de amor hacia uno mismo tapan ni alivian las emociones que me acosan con alevosía en esta casa.
No nos toca la vida que queremos pero tenemos que vivir la vida que nos toca.
La despedida es la consecuencia de darse cuenta de que algo se ha terminado. No es el motivo, pero representa la intención de volver a caminar. Por eso cuesta tanto despedirse, dejar marchar. A veces necesitamos enterrar para aceptar que algo esta muerto, porque aunque se nos descomponga en el salón, de alguna manera el hedor sigue delimitando su existencia.
Si no hay despedida sin adiós, lo podemos dejar en el aire como los besos que se lanzan dos enamorados en la distancia, sabedores que nunca van a volver a verse, pero que prefieren engañarse para seguir adelante. Si lo que prima es la poesía sobre lo crudo, visualiza una puesta de sol y una música cálida de fondo mientras pasamos a mostrar los créditos.